Por qué muchos médicos son infelices

Dr. Juan José Torres, médico de familia. Vocal de Atención Primaria Rural del Colegio de Médicos de Badajoz

En un momento en que los avances de la medicina han conseguido cotas de supervivencia y expectativas de vida sin precedentes, tanto los médicos como los pacientes deberíamos sentirnos felices, sin embargo, la realidad es que estamos más frustrados que nunca. 

Aunque la sociedad dedica enormes cantidades de tiempo, esfuerzo y dinero a la asistencia sanitaria, las mejoras conseguidas en el estado de salud, no se ven acompañadas de una sensación saludable de bienestar por parte de los ciudadanos.

Hoy en día no consideramos el sufrimiento y la muerte como algo inherente al individuo sino como problemas sanitarios que pueden resolverse con intervenciones clínicas. Desde el comienzo de la Edad Moderna hasta hoy hemos llegado a concebir la vida plena como una vida sin sufrimiento, no una vida en la que seamos capaces de aceptar su inevitabilidad y de aprender de él. 

En unas décadas, hemos pasado de santificar el sufrimiento a tratar de suprimirlo con psicofármacos y terapia cognitiva, en lugar de abordarlo de forma más humana, constructiva y transformadora, aceptando el valor de las emociones negativas para adaptarnos al medio y la supervivencia.

La psicología social define la ilusión terapéutica como un entusiasmo injustificado por las intervenciones clínicas. La creencia de que los diagnósticos y tratamientos son más seguros y eficaces de lo que demuestran las pruebas evidencia, lleva al convencimiento de que la tecnología médica es casi todopoderosa. Esto hace que, como dice Peter Aird, el sano preocupado está ansioso por su salud y no está dispuesto a aceptar que lo tranquilicen, sino que exige pruebas diagnósticas y derivaciones.

En múltiples ocasiones, el miedo, las quejas o los hallazgos triviales de los pacientes presionan al médico. Esta presión provoca en él una respuesta exagerada por su propio el miedo a equivocarse o que se le escape una enfermedad importante, pues no en vano desarrolla una profesión dedicada al cuidado de las personas.

En este entorno, los médicos son profesionales náufragos, pálidos y temblorosos, y la situación de los pacientes es más o menos la misma, en palabras de Des Spence.

Ante esta situación deberíamos preguntarnos por qué muchos médicos son infelices. ¿Han perdido el sentido de su labor o simplemente están quemados? Richard Smith dice que las causas son muchas y algunas profundas.

La mayor satisfacción del médico, y da la mayor parte del sentido del ser médico, es su capacidad de solucionar los problemas y dolencias de los pacientes. Sucede cuando se enfrenta enfermedades físicas objetivables, como un trastorno metabólico, neumónico o cardiológico, y tras su diagnóstico y tratamiento recompone la situación de partida. 

En múltiples ocasiones el inicio de una consulta se parece a algo médico, como puede ser cefalea, pérdida de apetito, cansancio, o dolor de espalda, y, al profundizar en la anamnesis, como dice Lorenzo Silva, “se encuentra con tristeza, soledad, aislamiento, reproches, baja autoestima, insatisfacción. Padres y madres que no ven cómo sacar adelante a sus hijos, y no solo en lo económico. Abuelas que vuelven a hacer de madres, con la mitad de fuerza, y que cuidan a la vez de sus padres, sin tiempo para ellas. Solas. Muy solas. Inmigrantes que llegaron soñando una vida mejor y han hallado una más complicada”. En estos casos, en lugar de involucrarnos e involucrar al paciente en una conversación difícil (para la que no solemos estar preparados), eludimos el núcleo del problema, sustituyéndolo por otro que nos resulta tan fácil y cómodo como prescribir medicamentos y solicitar pruebas diagnósticas. Y es al medicalizar situaciones que no son del ámbito médico cuando se produce el fracaso terapéutico. Cuando no hay pastillas para esto. 

Ante esta situación de fracaso continuado, por dar una solución farmacológica a problemas no médicos de los pacientes, sociales y existenciales, es cuando muchos médicos pierden la identidad de su trabajo y no le encuentran sentido a la práctica de la medicina. Posiblemente uno de los motivos sea que se han esforzado sin éxito en procurar curar o aliviar, pero han olvidado consolar cuando la curación y el alivio ya están fuera del alcance de la medicina.

Para evitar que avance esta situación de sufrimiento de muchos médicos por la pérdida de sentido de su quehacer, sería necesario, aunque no suficiente, reformular el contrato social que tenemos los médicos con la sociedad en los términos que describimos en la actualización del documento AP 25 de la OMC.

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